El Triunfo de la Política Reality

28 January, 2010
Por Luis Ramirez

Vivimos una época en que las cámaras, los flashes y los primeros planos  parecen haber copado todos los espacios.  Es una suerte de  “mediatización de la vida”, es decir un proceso en que la mayoría de los aspectos cotidianos del quehacer humano se transforman en  públicos, gracias a los medios de comunicación, particularmente la TV.

Por cierto esto no es un fenómeno nuevo, pero la llamada “Reality TV” parece haberlo exacerbado.  La mayoría de los “rostros” de esta televisión de realidad,  se hacen cada vez más efímeros: son sólo los personajes de turno a cargo de transparentar su vida privada.  Ellos circulan con un rótulo que indica su fecha de expiración. Son productos de una industria que vive gracias a ellos y que sabe que tiene que reemplazarlos constantemente.
La_Moneda

El reality show de los candidatos

La última campaña electoral fue una demostración de cómo esa mediatización de la vida se ha expandido a la arena política. La política más que nunca se configuró como espectáculo. Los dos principales exponentes de este fenómeno fuero Marco Enríquez-Ominami y Sebastián Piñera.

MEO, entrenado en los códigos audiovisuales, inauguró a mediados de 2009 la “Política Reality” por medio de un show televisado que consistía en fragmentos de su vida cotidiana capturados por una cámara que durante semanas lo siguió.  El formato era igual a cualquier otro “reality show”: lo privado se hacía público de una manera radical. El realizador del reality de MEO posteriormente fue reclutado por Piñera para intentar algo parecido con el candidato de derecha. Se capturaron decenas de horas de material en video que luego se seleccionaron minuciosamente.

Más tarde, en la campaña, ambas franjas se caracterizaron por un sofisticado uso de clichés televisivos. Por ejemplo, Marco potenciando su irreverencia  en una serie de pequeños “spots” en que destacaba la presencia de un científico vestido con el traje de la iniciativa Dharma, de la serie Lost (una de las más populares del planeta); y por otro lado, Piñera intentando relevar sus dotes de estadista con videos que lo mostraban al estilo de The West Wing, la popular serie de Estados Unidos que caracteriza la vida presidencial en la Casa Blanca. sobredosis de TV

La irrelevancia de las propuestas

En un contexto así, el detalle de los programas de gobierno pasa a un segundo plano. Es el slogan el que prevalece. En la campaña de Piñera hubo un ejemplo concreto: se repetía una y otra vez que lo más importante era el “cambio”.  El cambio de Piñera se presentaba como un producto colorido, con imágenes que recordaban al marketing de una bebida gaseosa o de un shampoo.  En un contexto así,  la política se transforma en una mercancía.  Cuando ello ocurre, los medios y los políticos entran en un pacto implícito que gatilla un círculo vicioso.

El siguiente extracto de una reciente entrevista a Manuel Castells ayuda a explicar este punto:

¿Qué tipo de relación existe entre los medios de comunicación y la desconfianza mundial de la sociedad en las instituciones políticas?

“La política es esencialmente mediática y, por tanto, adopta el lenguaje mediático caracterizado por la lógica del entretenimiento y el escándalo para ganar audiencia. Así se simplifican los mensajes políticos, se personaliza la política y se generaliza la política negativa basada en el denigramiento del adversario.”

(Disponible en portal web de Universidad Abierta de Cataluña)

La juventud como arma electoral

Pero hay algo más. En el contexto de esta política reality, los rostros más frescos y juveniles son los que venden más.  Los medios siempre han valorado más la juventud. Lucran con ella. Forzados por este círculo vicioso, el cambio que proponían MEO y Piñera también era generacional. Los personajes que se potencian son aquellos que representan los códigos y estilos de las nuevas generaciones, que se muestran como más “espontáneos” y por ende como el casting perfecto para alimentar el reality de la política. Funciona para vender un desodorante y aparentemente funciona para vender un candidato.

Por lo anterior, no resulta extraño que hasta la primera vuelta, el electorado no conectara del todo con la campaña de Frei: El candidato no sólo era poco carismático (y por analogía, poco telegénico), sino que se centraba en destacar realizaciones materiales de los gobiernos de la concertación y en relevar relatos que apelaban a sensibilidades de un electorado adulto más cercano al de un programa radial matinal que al de un show televisivo en horario prime orientado a los más jóvenes.

La Concertación no sólo perdió la elección. Su derrota más significativa tiene que ver con la manera en que se hace política. La gente que votó por  la derecha “compró el producto Piñera” aún sabiendo que no era de todo su agrado. Esa es la genialidad del marketing: hacernos pagar por algo que no necesariamente queremos o necesitamos.

No fueron las propuestas programáticas de la derecha las que ganaron, sino este estilo de “política reality” que vendió el show más atractivo. Las propuestas quedaron maquilladas, editadas, “photoshopeadas” para ocultar su verdadera naturaleza. Están ahí, por cierto. Nos vendieron una política light, comercial y aparentemente desideologizada, pero todo eso es una farsa. El cambio llegará solapado y no será televisado.

Hay que estar preparados. La agenda conservadora de la derecha aparecerá de pronto, como ocurre con la abultada cuenta de la tarjeta de crédito que llega mucho tiempo después de la gratificación instantánea producida por la compra en el shopping mall.

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